Nicolás Teté, Perla Zúñiga, Iosi Havilio, Marina Yuszczuk, Ricardo Strafacce, Pablo Katchadjian, Agustina Adamoli, Daniel Tevini, Héctor Libertella, César Aira, Derian Passaglia, Charles Baudelaire, Lee Child y Álvaro Cruzado fueron los autores de este 2025 de Blatt & Ríos. Los traductores y prologuistas fueron Walter Romero, Aldo Giacometti, Malena Rey y Mariano Blatt. Cada libro implicó mucho trabajo, desde la elección a tu mochila, tu mesa de luz, tu biblioteca. Son catorce, algunos con distribución en Argentina, México y España.
Cumplimos quince años, vamos por quince más, para empezar. A todos los que colaboraron, muchas gracias. El año que viene nos encontrará de pie, trabajando para que ustedes lean lo que consideramos la mejor Literatura posible en los mejores soportes posibles. A lo mejor uno de nuestros libros los acompaña en estos días. Ojalá que sea así. La seguimos.
Nos vemos el 26 de diciembre, vamos a tener la distribuidora abierta. Para nosotros es importante que vengan. Feliz 2026, |
¡Vení el viernes 26 de diciembre a cerrar el año con la distribuidora y llevate algunos libros! Te esperamos en Loyola 475 a partir de las 10 a.m. |
Alejandra Pizarnik. Un retrato |
Los libros de César Aira se leen de una sentada: son breves, de prosa límpida, claros en la argumentación, plenamente imaginativos y de una fluidez narrativa asombrosa. Hay una estación anterior a
Alejandra Pizarnik. Un retrato: es Alejandra Pizarnik, del mismo autor, publicado en 1998 en Beatriz Viterbo. Aquel de los 90 del siglo pasado se basó en los apuntes que Aira tomó para dar cuatro charlas en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Si bien toma el mismo objeto, lo encara distinto, con algunas innovaciones.
Este segundo libro originalmente fue un prólogo a una antología de poemas de Pizarnik publicada en España. Empieza con el origen de sus padres y su posterior exilio en la Argentina. César Aira fue amigo de Pizarnik en su juventud y tiene mucha información de primera mano. Se preocupa por detallar su formación, sus amistades literarias, alguna de sus relaciones sentimentales. Ubica su obra en la estela del surrealismo, no tanto por sus procedimientos como por el arsenal de lecturas de esta escuela que la nutrieron. Se detiene con precisión en las primeras ediciones, informa sobre la calidad de cada ejemplar, el papel con el que están hechos, las ilustraciones de tapa; en ese sentido es descriptivo, un poco a la manera de
Catálogo descriptivo de la obra de Emeterio Cerro. Por supuesto que para Aira la descripción es desde el vamos una manera de la crítica y el análisis.
El libro también da un pequeño paseo por el surrealismo argentino de mediados del siglo XX. Tiene, además, extraordinarios análisis de algunos poemas de la autora y marca una influencia que sería definitiva: la de Antonio Porchia y sus Voces. Según Aira, Alejandra Pizarnik tomó de Porchia la lógica perversa de sus aforismos: "La mayoría se anula a sí mismo en un rizo linguístico de intensa extrañeza".
Están sus años en París, la lectura de algunas de sus cartas y la hipótesis de que la poeta buscó la poesía perfecta, preocupada por la calidad del poema; buscó inventarse primero una imagen de autora para cargarle después toda su obra. Y en esa idea de Vida-Obra no es menor la importancia de su juventud. "Su personaje, es decir, su vida, sólo podía consumar su sentido si ella era una gran poeta".
A Pizarnik se la suele leer de joven y con este libro, Aira viene a ponerla en el centro de la poesía argentina, discutiendo con esa idea de poeta para adolescentes. Una vez que logró sus objetivos, según Aira, no hubo nada por hacer. La última frase, después de aludir a su suicidio, es: "Eso es todo". |
Qué hermoso es La voz del buey
de Carolina Sanín. Un libro de ensayos sobre la lectura, una reflexión sobre el modo y el acto de leer, un libro autobiográfico, en el que Sanín recorre su relación con la lectura, su formación y sus afinidades a través de ensayos de un puñado de páginas, con preocupaciones que van desde la Biblia a su cuenta de X (Twitter).
Soy un lector argentino y estoy más acostumbrado a la crítica o la teoría postestructuralista, de raíz marxista, aunque sólo la conozca de oídas; Carolina encarna otra tradición, la de la Fe, la lectura cuidadosa y amorosa que siempre tiene en cuenta un Orden superior, un orden. Y eso es conmovedor. De los muchos capítulos excelentes que tiene este libro, mi preferido es "El buey", que historia, y como a lo largo de todo el libro, lo hace con elegancia, la relación del buey con nuestra cultura; animal de trabajo, símbolo, Sanín nos empieza contando
Calila y Dimma
, la colección de relatos hindúes que, entre muchos otros, mandó a traducir Alfonso X. Pero la narrativa de Sanín, su agudeza argmentativa, va derivando hacia otros libros. Se detiene, gustosa, en etimologías; incluso en algunas, producto de su imaginación, que llama "líricas". El tema es que el buey termina en su cabeza y el dibujo de su cabeza es la primera letra del alfabeto fenicio, del que proviene este que usamos. La cabeza del buey dibujada va pasando de etimología en etimología, gracias al talento poético de Sanín, y termina hablando de la primera letra del afabeto hebreo: aleph. Que también es un cuento de Borges escrito en la década del 40, aunque Sanín historia ese motivo en un poema de Borges fechado en 1923: "Carnicería" en el que sobre un mármol hay una "ciega cabeza de vaca" ("con la remota majestad de un ídolo").
Sanín siempre expone por un lado y sintetiza o concluye por otro, de esas fintas está hecha la escritura de este libro. Bello. |
Chicos de la calle de Derian Passaglia | Por Carolina Stegmayer Leído en la presentación del libro |
Chicos de la calle
desde el primer párrafo te mete en un mundo donde lo conocido se aparece nuevo y donde lo nuevo es revelador del futuro, de algo que todavía no existe, que se está inventando ahí. Es una novela que piensa la realidad actual, pone en el centro de la escena la marginalidad que justamente está cada vez menos en el margen. La pobreza, los crotos, los fisus, los chorros, los dealers del último eslabón de la cadena narco, son los protagonistas de la novela de Derian y el héroe es Archie Reiton, un pibe con nombre de comic yankee y apellido de marca de ropa infantil fabricada en Rosario, Santa Fe. Ahí donde nació Derian, que también tiene un nombre que no parece del todo de acá.
Y algo así pasa con su novela que arranca con Archie arriba de un torino haciéndose la paja con ayuda de Laura Franchini, una top model que lo estimula en cuatro patas desde la doble página de la revista Picante
que de la nada salta del papel a golpearle la ventanilla del auto en el callejón donde está estacionado mientras “el amigo, allá abajo del calzoncillo, sigue duro como el Polaco mirando un cuadro en el MoMa”. Y no pasamos la segunda página y algo ya se empieza a dar vuelta o, mejor dicho, a darnos vuelta a nosotros.
Estamos en un terreno que es un mix entre el Polaco y el MoMa. Y como sabemos que Derian es Derian (un mundo donde todo es posible y si no lean ya El alma de las colinas
, su primera novela que es doblemente fantástica), sabemos que el Polaco es ese que se nos vino a la mente: el cantante de cumbia, carilindo, rubio y de ojos claros; y el MoMa, el Museo de Arte Moderno ¿de Nueva York? Sí, la novela transcurre en El Barrio con mayúsculas y el barrio es el East Harlem de Manhattan, ahí en la isla donde está el MoMa.
Mientras todavía nos estamos acomodando o estamos mareados como el protagonista, entra Kevin, un amigo de Archie al auto, con unos dólares ensangrentados en la mano porque viene de afanar y el asaltado se resistió. Y arranca a sonar en nuestra mente la voz de “cambio, cambio, dólar, cambio, dólar” en Florida y Lavalle para meternos en el rincón de la página, darla vuelta y poner el mapa al revés. Trocar Buenos Aires o Rosario por Nueva York, y convertir a Archie en un chico de esas calles: un negro afroamericano del Harlem pero que maneja un torino y escucha RKT.
Y la moneda de intercambio no se agota nunca, el préstamo del Fondo Mágico Internacional de Derian es infinito y no nos deja endeudados de por vida, ni es negocio para unos pocos como en la saga de Caputo. El FMI de Derian alcanza para todo y para todos: recursos, imaginación, personajes entrañables, escenarios delirantes y redescubrimientos, porque como decía antes, algo de lo conocido se aparece, para nuestra sorpresa y satisfacción, como completamente nuevo.
En la novela de Derian hay dos pandillas de narcomenudeo enfrentadas (“adolescentes descarriados y sin futuro, olvidados por Dios y por el Diablo”). Dibujaron una frontera para vender drogas, cada una de su lado y ese límite traza una línea muy finita entre la vida y la muerte, o “entre la muerte y la vida”, porque ahí también hay un cambio, un desorden y ya no se sabe qué está primero en la lista.
En el lenguaje también hay dos bandos que se chocan y construyen un español del futuro. La voz del narrador y los diálogos se parecen, por momentos, a las traducciones de Anagrama que leemos los latinos, o a las voces dobladas de las pelis yankees que pasan en los canales de aire los sábados al mediodía, pero mezcladas con modismos y cosas de acá. Las voces de estos Boyz in da hood
están filtradas por lo que boquean los wachines de El Barrio cuando se tiran una atrevida (más atrevida que la de Derian Passaglia en esta novela). Y ese mix suena a un idioma nuevo porque une dos mundos, dos realidades que antes no se tocaban. Un entramado minucioso y artesanal de un lenguaje a estrenar en boca de Archie y su pandilla, donde se va colando un guiso en otro, donde se mezclan las voces, la cultura y las aguas del Río de la Plata o el Paraná rosarino con las traducciones y tradiciones
for export del río Hudson que dibuja Manhattan.
En la novela de Derian, estos chicos de la calle que conocemos, pero no completamente, están extrañados, o mejor dicho, extraviados en un nuevo territorio, en El Barrio, que también parece ser la versión pesadillesca o por momentos ensoñada o paqueada de esos escenarios que conocemos de películas y videoclips. La novela nos acerca así, disfrazada o en un flash de drogas que también es el de Archie donde todo se expande y se dilata, algo de la realidad y el mundo de los chicos de la calle de acá, de nuestros barrios.
Mauricio Kartun lo llama bisociación: un recurso para su escritura, una imagen sensorial que funciona como punto de partida que se compone de dos o más cosas que nunca se ponen juntas y que entonces su choque produce un big bang. En Chicos de la calle
asistimos a varios big bangs que nos conmueven y que también nos hacen morir de risa. En el entramado del lenguaje y las bisociaciones de Derian conviven las biromes Bic con los perritos calientes y la salsa barbacoa, la pizza de pepperoni con merenguitos con dulce de leche, se mezcla a George Washington con Lia Salgado, los “chicos listos” con los “re fantasma”, el baloncesto y los fichines, un mashup
de LeBron James con Ringo Bonavena, todo junto y a la vez. En este tiempo y espacio que se revela, de estos chicos de la calle que (nos) suenan a los de acá, a los nuestros, pero que a la vez son los de Harlem, Derian construye una novela que dobla la apuesta y nos obliga a desconocer lo conocido y reconocer lo que estaba a la vista pero a su vez un poco oculto.
Porque esta realidad que la novela nos muestra no es la realidad que está ahí afuera, dice el narrador, “más allá del libro, más allá de estas páginas”. La novela nos previene: leer esto no debería hacernos sentir bien con nosotros mismos, no creas que estás conectando con algo de la realidad cruda, la de ahí afuera, por más cruda que también se ponga la novela que tiene muerte, hambre, dolor, tristeza, sufrimiento y pérdida. La novela nos obliga a hacernos cargo de nuestra propia mirada que cada vez se hace más la tonta para poder seguir de largo (ahí afuera), para saltar el margen que toma el centro de la escena.
Archie reflexiona sobre el doble significado de la ignorancia como dos flechas: una que apunta hacia afuera y otra que se le clava en el pecho como en un golpe que pega sin que se note la intención. Empiezo por la segunda: los chicos de la calle ignorados por la gente que todavía tenemos dónde dormir y qué comer; y por otro, la ignorancia sobre el mundo, la falta de conocimiento y la educación como la herramienta para ampliar esos saberes, saber leer, como nosotros, los potenciales lectores de la novela de Derian, y todas las posibilidades que ese saber nos puede dar para no ignorar tanto y no salvarnos solos.
Carolina Stegmayer | |